Ella mira al espejo, acaba de cambiar el tono de sus mejillas y el borde de sus párpados. Mira sus razgos, pero no se ve a sí misma. Mientras pasa la brocha que según la publicidad realzará el largo de sus pestañas, inevitablente cruza la vista con la de la mujer del reflejo... Y ahí, con medio ojo ennegrecido, se recuerda cuando se veía no como sólo una mujer, sino como una persona. Cuando no sabía las diferencias, cuando no las aceptaba. Cuando se juró una y otra vez que no caería en los estereotipos, cuando quería ser diferente. Cuando se dio cuenta de que no era malo, cuando se probó una falda por primera vez. Cuando se sentía especial, cuando le gustó... De pronto, se vió nuevamente, y no se reconoció. Ya no se sentía especial, ya no era ella misma, había quebrado su palabra y se defraudó a sí misma... Ya no era quién creía ser, y no le gustó darse cuenta de que estaba frente a una extraña, una extraña que con un ojo enmascarado y el otro delineado, estaba a punto de correr el maquillaje.
Zalhael